Hoy no quiero escribir, ni siquiera pensar. Para eso está mañana, o pasado.
Hoy estoy blanco.
Hoy la tinta endureció su costra en mi tintero y las ideas con su lienzo vacio
están mucho mejor.
El molinete se ha parado, el agua es de los ríos, o las fuentes, o las bañeras gigantes, el agua es de la playa, por que en mi noria hoy posiblemente los cangilones solo suban angustia.
Mejor dejar ganar al blanco.
Hoy apuesto mi postura al blanco de la calma, de la paz y la risa.
Hay sitios donde te encuentras y encuentros donde te pierdes.
Existen soledades donde no estamos solos y multitudes adonde no ves a nadie.
Hay silencios que atruenan y sonidos callados.
Hay fuegos que refrescan y fríos que achicharran.
Después está el agua.
El agua siempre seca, moja, acalora, refresca o vigoriza.
Hay aguas que se beben sin haberlas probado, que te entran por los poros con tan solo un vistazo.
Otras aguas se mecen en la frescura honda y bailan con las ondas cuando metes un dedo.
Hay aguas con burbujas, chispeantes y alegres cuando acogen dos cuerpos, será que se trasmite aquello tan extraño que dimos en llamar felicidad.
A veces las aguas nos nacen a nosotros, nos convierten en manantiales orgánicos. Tan solo una caricia en el lugar correcto, en el momento justo, para derramarnos en agua de la vida.
He visto esos lugares, he oído esos silencios.
He acallado el sonido y he quemado los fríos donde el calor refresca.
Y nunca, en esas veces, jamás estuve solo.
El agua es otra cosa.
Hay cales que contienen una porción de agua, y el hombre más que agua es cal en carne viva.
El agua tonifica, revive, satisface.
Hay algo que no moja: la cruda realidad.
Me he bañado en tus aguas, me he bebido tu esencia, calando hasta los huesos de tu agua mi querencia.
Te he soñado mi estanque, mi fuente cantarina, te he querido mi alberca donde poder nadar.
Después, en este nuevo día, se impone la sequía.
El agua es un tesoro encerrado con llave y su carcelero tiene el corazón a rosca.
¿ Por que cerrar el grifo? ¿ Por que secar la fuente?
Esta noche pasada soñaba con un baño, con los chorros de risas, con los litros de ansias,
con las bocas abiertas y los pies y las manos arrugados.
Con una playa grande con vocación de cama, allí donde dos náufragos callaban para no ser encontrados jamás.
Siempre estoy en las nubes, me cuesta ser real.
Y ya ves, hoy, como ayer, me encuentro empapado de realidad.
jueves, 19 de agosto de 2010
Se me queda flotando, desairado
tras la vidriosa espera, tras el ansia,
y mansamente siento que fallece.
Los lirios de los ojos arrasados,
los dedos impregnados de fragancia
de un velo de cristal que se estremece.
Erizado el trastorno que enloquece
mientras pasa la nube.
Se me derrama, sube,
aumentando la certeza del abrazo.
Más queda roto el lazo,
defraudada la luz, roto el encanto,
cerrando la esperanza de un portazo
mudando tu promesa en seco llanto.
Hacia que purgatorio me conduces;
En que estatua de sal me has trasformado,
desnortado, confuso, y aterido.
En que macabras horas me seduces
y te alejas de mi, fuego apagado
que dejas cabizbajo y ofrecido.
Abandonas el nido
con un gesto fugaz, casi liviana
mordida la manzana,
volátil, escarchada, vaporosa…
Como muere una rosa
en la mañana gélida de invierno
mi pasión languidece, se reposa
condenada a los fuegos de tu infierno
¿Que ceguera demente me conmueve?
¿Que promesa de acíbar de locura
que deja boquiabierto mi sentido?
La planta de tu huella pasa leve,
el roce de tu pelo me tortura
dejando atrás el beso prometido.
Trastornado y herido
abandonado, inerme, insatisfecho,
despojado de todo mi derecho,
doliente, suplicante y frío
me asomo al desvarío
que tu desdén en mi provoca.
El rojo de tus labios es el río
que se niega a inundarme la boca.
Yo Saturno, devorador de hijos, de su pan y sus sueños
es mejor que me cubra de silencio.
La inmensidad de Coelus, sus luces y sus sombras, sus tormentas, sus nubes, me condenaron a la contemplación y la obediencia. Los hijos de los dioses suelen ser cobardes, la solución menos dolorosa contra la omnipotencia.
No es fácil ser hijo de un Dios. Mientras tanto Tellus, la madre tierra observaba impotente, cálida y transparente, minimizando daños y Rea no ayudó mucho, casquivana y volátil.
Yo, Saturno, trasegador del vino, solicito silencio.
Heme aquí reducido a la condición de simple mortal, en una digestión repetitiva
de la parte de mi que más quería en busca del refugio, del Lacio prometido, donde empezar de cero.
No reclamo el derecho de defender mis actos, pues aun siendo dios en el pecado llevo la penitencia y sellaré mi boca. Los actos de los dioses por estos serán juzgados.
Y no pido clemencia, del cielo no me vino y no la reclamé.
Justo es que responda por ello.
El pan de mis hijos no fue muy nutritivo y ahora que empiezo a estar gordito es justamente cuando como de otras cestas.
La transición de divinidad a humano la llevo como mejor puedo y reconozco que
haya ciertas cosas de los hombres que no puedo entender.
Silencio, murieron los dioses, sin un solo responso. Silencio
Ellas me hacen libre cuando dejo que vivan, que salgan de mi boca o caigan de mis dedos como una lluvia fina que sin mojar me cala. Pero a veces son barrotes de la cárcel de alma y nos cierran el paso, encadenan la vida. Mis palabras me hacen, soy mis palabras. , todos y cada uno somos aire exhalado en fonemas y sílabas, en renglones y líneas. Palabras, gran invento. La distinción del hombre de cuanto lo rodea