martes, 1 de diciembre de 2009

pasado



Precisamente ahora que soy feliz, muy feliz, ahora, justo ahora que han llegado los tiempos de bonanza a mis eriales, es cuando más consciente soy de lo que puede traer la sombra de repente.
No será el futuro quien nos pare, ni siquiera será el nervioso trasiego del presente, la novedad continua y sorprendente. Solo nos parará el pasado, mi pasado, que en ocasiones fue visto en los mercados, expuesto en los escaparates como si de una mercancía se tratara, susurrado en las bocas venenosas, vertido gota a gota en una ponzoña repulsiva y vergonzante, como toda vergüenza construida de iniquidad y risas falsas, de verdades falsarias y mentiras interesadas.
Es una cosa cierta, constatada, que la hijoputez no se descubre en los manteles limpios de las cenas, ni en las risas, el hijoputa suele ser el más gracioso de la fiesta, si me apuras a veces aparece disfrazado de sumiso cordero llevado al matadero, que además suele ser su hábitat, allí donde mejor se desenvuelve.
Pero para calibrar el verdadero grado de hijoputez solo es necesario, en el pasar del tiempo, despojados de conciencia gremial de condición o género, contemplar los hechos y los actos. Un hijoputa jamás deja de serlo, interactué con quien sea, siempre lo será.
Ese trasfondo permanece, perenne como la hoja del abeto viejo, y se alimenta del rencor más hondo, es un saco sin fondo que tiene una particularidad: suele ser más dañino, más vengativo y más siniestro con aquellos a los que en algún momento consideró sus victimas y por ende enemigos.
Ahora soy feliz, ya me tocaba, y por ello consciente.
Soy feliz por mi mismo, como he sido yo mismo desde siempre. Siempre entrego de mí lo que contemplas, me di todo, así soy, desde el principio.
No preciso paraguas, ni lavados de cara, ni una imagen más nueva ni más limpia.
La hijoputez no alcanzó nunca a mancharme por más que se ensañara, y todo aquel que se acerque a mi persona se verá salpicado de la inmundicia que vierte, de la espesa tinta negra del odio y del dolor de quien solo alcanza a no ser por que no puede y pretende no siendo, ser alguien.
No me paré a pensar ni por un solo instante si se posó una lengua, o cientos o miles en mi quehacer diario, tiré yo solo de mi carro sin un temblor del pulso, llevado de mi criterio y de algo que nace aquí en el pecho, llámalo dignidad, coraje, compromiso, algo de lo que los hijoputas carecen y que suele ser, con mucha frecuencia, de lo que más presumen.
No necesito coartadas, ni quiero protecciones que me tapen de nada. Me valgo por mi mismo como siempre lo hice, pero el pecho es más hondo. Yo perdono la herida, la actitud, la mentira, el oprobio, las lenguas, las maldades, la saña, la duda y la simpleza.
Olvidaré los daños, los rencores, las trampas, los engaños y el miedo.
Solo tengo una cosa para defenderme contra los hijosdeputa: mi ser y mi palabra.
No perdonaré que se me ponga en duda.

2 comentarios:

Melu dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Melu dijo...

Todo lo que escribiste es tan cierto!
Hay quienes suelen decir "a las palabras se las lleva el viento" ..yo no estoy del todo de acuerdo..creo que las palabras permanecen. El dolor, la alegría o cualquier otro sentimiento que nos haya provocado una palabra o frase del pasado continúa aún en el presente siempre que se lo recuerde.
Las palabras sólo se las lleva el olvido (yo diría un olvido bastante poderoso!)
Me encantó el blog, saludos!

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